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Fin de la jornada

Publicado por gualinse en Febrero 11, 2008

Comerciante

5:00 p.m. ¡El Oriental! ¡La Subasta!, grita un chavalo desgarbado, alto, moreno, vestido con una camisa blanca larga y uno pantalones azules de mezclilla, más grandes que su talla. Lleva calada una gorra blanca hasta la frente. Grita con toda la fuerza de sus pulmones, haciendo un altavoz con sus manos, para propagar más su llamado. ¡El Oriental! ¡La Subasta! grita a los transeúntes, una marea de personas con caras cansadas, que siguiendo el silbato de las fábricas textileras, abandonan ese inmenso complejo de la Zona Franca Las Mercedes, la más grande del país.

Es jueves. Día de pago para unos. Día de liquidación para aquellos que han renunciado o han sido despedidos por sus patrones. Los gritos del chavalo cobrador de la ruta 266 continúan, aumentan, en la medida en que van saliendo los obreros. Se confunden con los de los otros buseros, vendedores, con los cláxones, con las voces de esas 50 mil almas que salen de las fábricas. Una orgía de sonidos.

La salida del complejo industrial es un mercado improvisado: vendedores de vigorón (¡A cinco el vigorón, a cinco! Chele, ¿vas a llevar? Sólo son cinco pesos); pan y picos (¡A ver el pan, el pan! ¡A peso el pan!); frutas, tortillas y discos piratas (“Cuando sienta el boom de este perreo intenso…”).

La gente sale del complejo industrial y por inercia compra algo: una bolsa de mangos, las mujeres pan y tortillas, queso, seguramente para la cena. Un chavalo flaquísimo, que lleva puesta una camisa color verde militar, sale en risas junto a dos de sus colegas. Se lleva el dedo pulgar a la boca, imitando una botella, y dice “¿Ideay? Vamos a celebrar pues”. El grupo se dirige a la zona de los bares, a ambos extremos de la Carretera Norte. Ahí, donde están El Lucy, El Brasero, El Ronny, La Gata con sus rancheras, el bar La Gran Jugada, o al monedero Chanverlay.

Los billetes salen de las bolsas obreras y entran en las bolsas de los vendedores, de los dependientes de los bares y de los prestamistas, que esperan pacientes, ansiosos, como ladrones a punto de asalto, a quienes les deben.

“Aquí siempre se vende, todos los días, porque son varias empresas y pagan semanal, todas las semanas hay reales”, dice Marcelo Flores, 29, moreno, regordete, que esta tarde grita a todo pulmón para atraer compradores a sus puesto de pastas dentales y gel para el cabello.

Flores dice que le va muy bien en su puesto, tanto así que vende 8 mil córdobas semanales, una cifra nada despreciable. Una cifra que a su vecina de puesto le parece una broma y no duda en hacérselo saber: “¿Cuánto hacés a la semana? ¿8 mil? ¡Ja, oí a éste! ¡Dice que se hace 8 mil pesos semanales!”, grita Modesta, una joven de 23 años que aparenta más edad por su gordura y seguramente por sus dos partos: tiene un hijo de 2 meses y otro de cuatro años, que se esconden bajo el puesto de chucherías.

Modesta dice que ella vende 800 córdobas semanales, pero se queja que le queda muy poco, porque tiene que pagar los préstamos a las financieras, y volver a comprar mercadería. Ambos, Modesta y Marcelo, tienen varios años de trabajar en este mercado improvisado, donde pagan 60 córdobas mensuales a la zona franca para pode tener su puesto.

“Aquí pasamos sol y agua”, dice Modesta. “Vengo a las 4 de la tarde y me voy a las 7:30”, la interrumpe Marcelo. Marcelo, fanfarrón, encara a su vecina y dice que con lo que gana en su puesto ha podido construir su casa en el anexo del barrio Primero de Mayo.

¿Es peligroso este mercado? Ambos dicen que sí. Por los ladrones que merodean, por las pandillas que llegan de Tipitapa, por los camiones y carros que pasan a velocidad asesina y que se han llevado más de una vez el puesto de algún comerciante. Suerte que no han matado a nadie, suspiran ambos.

6:00 p.m. La marea humana no se disipa. La orgía de sonidos se intensifica. Este punto de la Carretera Norte es un caos: miles de personas corriendo a subirse a los buses, buses que arrancan con ramilletes humanos en las puertas, furgones con choferes desesperados que suenan sus bocinas, gritos desenfrenados de comerciantes. Modesto y Marcela compiten, claman, gritan tanto que parece que reventarán sus gargantas. Les quedan aún dos horas hasta que las fábricas estén completamente vacías.

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Vida de caballo carretonero

Publicado por gualinse en Febrero 11, 2008

Caballo carretonero

Llevar 20 quintales de peso. Ese es mi trabajo. Todo tipo de basura: ramas, tripas y otras vísceras; papeles sucios, bolsas. Pero también cargar ladrillos, hacer mandados. Atravesar las calles de Managua con el carretón lleno, ese es mi trabajo. Capear baches, aguantar a perros rabiosos que salen en el camino. Aguantar también a choferes igual de rabiosos, que no entienden que no puedo ir a la misma velocidad que sus máquinas.

Trabajo con Pedro. La verdad, es él quien maneja el carretón. Siempre va con sus pantalones cortos, camisetas grandes y chinelas, a pesar de sus 25 años. Salimos a las siete de la mañana, después de bañarme y desayunarme medio balde de payana, una mezcla que se hace con restos de granos de maíz. Salimos a “rutear” todas las calles cercanas a Rubenia y Bello Horizonte. Creo que Pedro no se da cuenta, pero ha aumentado bastante de peso. Y hoy va alguien nuevo con nosotros. Ni modo, pienso.

Nuestro trabajo es cargar basura por encargo o hacer acarreos de materiales de construcción. Vamos de casa en casa, preguntando si tienen trabajo para nosotros. Cobramos barato, claro que sí: 80 córdobas por botar basura, 1 córdoba por cada ladrillo transportado.

La primera parada será el basurero Los Nopales, un predio baldío ubicado cerca de los semáforos de La Robelo que se ha convertido en centro de desechos para esa zona de Managua. Quiero ir despacio, tranquilo; quiero disfrutar de la frescura de la mañana, porque después de las nueve el sol, el calor, el asfalto se me hacen insoportables. Pero Pedro me hinca, quiere ir más rápido. Me gustaría que él estuviera en mi lugar, para que vea lo que se siente.

Los Nopales apesta. No me gusta venir aquí. Hay tripas de animales -me da náuseas pensar que sean de caballo- frutas podridas, excremento, latas, bolsas, hasta muebles despedazados. El tufo marea. Es ese olor insoportable a aguas estancadas, cosas podridas y mierda. Y las moscas. ¡Dios, las moscas son insoportables! Se me paran por todos lados y no puedo quitármelas. Los niños me dan lástima. Están aquí con los vientres hinchados, descalzos y con la cara sucia, rebuscando entre las montañas de basura, latas y botellas de vidrio. Pobrecitos. Lo único que me gusta de Los Nopales es que vienen 150 carretones al día. Es el momento de compartir chismes con otros colegas.

Pero siempre es un alivio salir del basurero. Agarramos hacia Bello Horizonte, por Carretera Norte. Es hora pico. Para mí, es hora del concierto de pitos de los carros, de los gritos de los conductores. “¡Hacete a un lado, me estás atrasando!” Y ese, ¿qué se cree? Que salga temprano para que llegue a tiempo a donde vaya. Es que este trabajo también es de riesgo. A un compañero mío, que también trabajaba con Pedro, lo mató un conductor que chocó el carretón por ir hablando por el celular. Malditos aparatos ésos. Yo me muero de miedo cuando viene uno de ésos volando lengua por el celular.

En Bello Horizonte no hay pegue. Siempre hay días como este. En algunas ocasiones nos va bien y sacamos hasta 400 pesos al día. Pero otros, como hoy, no agarramos nada. En este barrio sólo agarré sustos. Estos malditos perros me van a matar del espanto. Salen de los lugares menos esperados y me ladran, me muerden. A veces son pequeños y van solos pero otras son jaurías completas. Odio estos barrios y sus perros.

Pedro decide que nos vayamos a parquear a la ladrillera que está frente a la Parrales Vallejo. Ahí nos ponemos todas las mañanas cuando no encontramos trabajo en los barrios. Es un buen lugar para esperar clientes que quieran trasladar carga. Nos parqueamos bajo una gran ceiba. Es un alivio dejar un rato la carga. Poco a poco comienzan a llegar los carretones. Me gusta la plática aquí. Hablar de lo que hemos logrado durante la mañana. Hablar de cuánto recogimos ayer. Aunque no me gusta ese mocoso flaco que lleva la visera de la gorra al revés. Siempre se burla de mí, por mi figura, pero no se fija él, que bien puede pasar por alfiler.

Sí. Me da rabia que Pedro me hinque. Sí. Pedro pesa mucho. Sí. Me molesta que monte a extraños en el carretón. Pero sí, me lo aguanto todo porque le estoy agradecido. Me salvó de esa banda que se roba a los caballos en las noches. A mí me llevaron, pero no me hicieron nada. Dicen que se roban los caballos para destazarlos y vender su carne en el Oriental. Se me paran los pelos sólo de pensarlo. Pedro me salvó. Pagó por mí 2 mil pesos. Creyó en mí. Y también me bautizó. Me llamo Huesitos, según Pedro porque soy un caballo flaquito.

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