La selva se queda vacía. Ahí, donde el tigrillo se afilaba las garras en los troncos del caoba, donde el mono araña ahogaba la pereza espulgándose los parásitos, donde el lagarto esperaba a la presa tranquilo, como un ladrón ocultado en las hierbas del pantano, o donde las lapas y chocoyos tostaban sus vivos colores en la intensidad del sol tropical; sólo queda el eco de los aullidos, el recuerdo acústico del trinar de las aves. La vaga idea de las especies que ahí habitaron.
La preocupación, dice Marc Hufty, profesor asociado del Instituto Universitario de Estudios del Desarrollo (IUED) de Ginebra, Suiza, es qué heredarán las generaciones venideras. Nada o muy poco, según los cálculos de la ONU: cada hora tres especies desaparecen, cada día 150 especies dejan de existir para siempre, y al año se extinguen entre 18 mil y 55 mil animales exóticos. Es algo así como el final de la era de los grandes reptiles, que ahora sólo se ven en los libros de ciencias naturales.
En Nicaragua la realidad es alarmante. Según los expertos, la cultura del nica y la pobreza que aflige a un país empobrecido, atacan sin misericordia a los habitantes de la selva: especies exóticas vendidas como mascotas en los contaminados semáforos capitalinos, iguanas y guardatinajas servidas en las sopas de los domingos, pieles de cuajipal en botas, fajas, carteras. Y también está el comercio ilegal de lapas, tigrillos, monos para ambientar con toques tropicales la casa de algún gringo con suficiente dinero para pagar esas excentricidades.
“El tráfico de animales es tan grande como el de armas”, dice René Castellón, autoridad Administrativa de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas, CITES-Nicaragua, que trabaja en el Ministerio del Ambiente y Recursos Naturales, Marena.
El CITES maneja una lista bella por lo exótico de los animales que la componen, pero tenebrosa porque marca la proximidad que están de desaparecer. Según el listado, 23 especies están en alto riesgo en Nicaragua, de ellas 10 en peligro de extinción. Estar en riesgo significa que son vigiladas de cerca, aunque pueden ser utilizadas en tiempos de veda.
La mano del hombre, el avance de la agricultura, la destrucción del hábitat y el comercio ilegal, son las causas de que esa lista roja se incremente año con año.
Hay soluciones al problema, explica Juan Carlos Vásquez, oficial Jurídico de CITES internacional, con sede en Suiza, quien hace poco visitó Nicaragua. Una legislación basada en la realidad de cada país, con normas factibles de ser aplicadas, más la preocupación de las autoridades por hacerlas respetar, están entre las recomendaciones del especialista.
Marc Hufty, profesor asociado del IUED, dijo que las autoridades de los países que cuentan con una gran riqueza de biodiversidad, deben pensar en el uso sostenible de los recursos, tomando en cuenta la cultura de las comunidades, explicando los riesgos de la excesiva utilización de un determinado recurso.
“Hay todo un proceso de educación que se tiene que iniciar”, dice Hufty en un español con acento extranjero, “pero el primer paso sería a nivel del Gobierno, cambiar la mentalidad de la gente que explota los recursos naturales.”
Pero el reloj sigue marcando firmemente el compás de las horas, como una suerte de ruleta rusa, y quién sabe, talvez en los próximos minutos una de las especies de esta lista se convierta en una de esas tres que desaparecen para siempre del mundo. Poco a poco, la selva se queda vacía.



