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El reggaetón de las botellas

Publicado por gualinse en Febrero 11, 2008

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Esta noche todos estaban preparados para la música, el baile, para cantar hasta desgarrar la garganta y luego refrescarla con cerveza. Esta noche todos estaban preparados para saltar a sus anchas, para sentirse libres. Esta noche a todos parecía que las cosas iban a salir bien. El calor era un buen presagio: había llovido toda la tarde y ahora el cielo estaba despejado, sin estrellas, pero limpio de nubes amenazantes, a pesar de los pronósticos de lluvia.

El reloj marcaba las ocho. Las chavalas estaban entregadas a ese ritmo frenético, a ese movimiento sensual, circular de las caderas que se hace cuando se baila reggaetón. Los chavalos bebían y gritaban, bromeaban entre ellos. Nadie supo de dónde vino el primer botellazo. A Amanda le dejó un morado colosal en la cara. Fue un golpe brutal que la sacó de su espasmo musical. La botella le dio cerca de un ojo; sólo sintió una luz como de flash de cámara fotográfica y luego el estremecimiento doloroso.

Vino una botella y luego otra. Pasaban como cometas por encima de los asistentes al concierto de Calle 13, en el Estadio Nacional. Eran sólo latas de cerveza, botellas de agua y gaseosas, pero ahora convertidas en proyectiles que volaban por el cielo a velocidad asesina.

El animador, un hombre gordo, ahogado en una camiseta blanca y pantalones de mezclilla tres veces más grandes que su talla, pedía calma, amenazando con parar todo hasta que reinara la paz. Pero la multitud estaba excitada. Parecía que querían sangre, como en las luchas de gladiadores. Y sangre hubo. Un chavalo desgarbado, de unos 17 años, resultó con una herida en la frente que le manchó la camiseta blanca con gotas de sangre. No era su noche. Más tarde contaba desesperado a uno de sus su amigos que le habían robado la billetera. “¿Y ahora qué hago, qué hago?”, repetía desesperado mientras tocaba una y otra vez las bolsas del pantalón.

Su amigo, en cambio, disfrutaba de la velada, sin siquiera lamentarse de las desgracias que el otro le contaba. Sonaba el “clash” de la lata de cerveza al abrirla, y daba un sorbo con cara de quien conoce el placer. Un chavalo de 17 años, tal vez 18, que bebía con la vista fija en el trasero de las muchachas.

La música aplacó la guerra, cumpliendo con la utopía de John Lennon. El escenario fue tomado por un par de reggaetoneros puertorriqueños que comenzaron a gritar sus canciones y saludando de tanto en tanto a las ocho mil almas del estadio comiéndose las eres y dejando en su lugar las eles. “¿Están encendidos?”, pregunta a gritos uno de ellos, obteniendo también gritos desenfrenados de la multitud. Manos alzadas, cuerpos en movimiento, sostenes por el aire y mucha cerveza que reemplazó a la lluvia pronosticada.

“Esto va suave, sabe bien suave, suave, suave…” Apenas apareció en escenario Calle 13, un temblor dominó el estadio. Las mujeres comenzaron a gritar histéricas y los hombres hacían ruidos guturales. Una muchacha rogaba a su pareja que la cargara en hombros, queriendo imitar al resto de chavalas que lo hacía. Él se negaba, pero la joven le dio una palmada en el brazo y le echó una mirada fulminante, de ésas que dicen: “Lo hacés o te va a pesar”. Fórmula precisa para alcanzar el resultado esperado.

“Aquí llegó el que te pone los cuernos de toro/más vaquero que un Marlboro/ahora vámonos pal coro”. Ellas gritaban con excitación. Encantadas. Alucinantes. “¡Te amo!”, gritaba una, casi llorando. Los sostenes continuaron cayendo en el escenario y la presencia de la Gigantona con todo y su enano cabezón sólo hicieron incrementar la llama.

Aquel “Atrévete, te, te, te” sonó como himno y ocho mil gargantas lo hacían reproducirse como eco. Llegó el final del espectáculo. El final de esa noche de infierno musical, juvenil. Ese infierno de destape, de lluvia de cerveza, violencia y libido. Lo bueno es que nada lo estropeó. La noche estaba serena, hacía calor y no llovió. Eran las dos de la madrugada.

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